Cualquier cosa podría ser arte

Cualquier cosa podría ser arte

Por Emiliana Fernandez

Como parte de una serie de exhibiciones titulada This is Sculpture (Esto es escultura), la Tate Liverpool continúa una misión casi imposible: examinar y cuestionar la trayectoria de la escultura contemporánea. Sin duda una de las exhibiciones más ambiciosas que se hayan organizado en los últimos años, las esculturas más icónicas del siglo XX y lo que va del XXI se encuentran expuestas dentro de un mismo espacio. Piezas como el teléfono-langosta de Dalí y el urinal de Duchamp entablan una conversación con obras de Pistoletto, Donald Judd, Jeff Koons, Henri Moore y Barbara Hepworth, entre muchos otros. Por si fuera poco, pinturas, videos y fotografías acompañan las esculturas, dándole una complejidad abrumadora a la exposición.

Sin embargo, dentro de este inigualable despliegue escultórico, ninguna pieza me llamó tanto la atención como una serie de videos realizados por el cineasta inglés Mike Figgis. El material documentaba las diferentes reacciones y opiniones del público con respecto a cuatro esculturas presentes en la exposición: Untitled (1969), de Dan Flavin; Fountain (1917), de Marcel Duchamp;Three ball total equilibrium tank (1985), de Jeff Koons; y 144 Magnesium Square (1969), de Carl Andre.

Comisionado por la misma Tate Liverpool, el proyecto consiste en trasladar las cuatro esculturas fuera del espacio tradicional del museo para exponerlas en contextos completamente ajenos y provocativos, capturando los comentarios sin censura de una audiencia muy variada. Las reacciones de los espectadores ante las cámaras son muy reveladoras. Para algunos es suficiente que el arte inspire debates tan apasionados como los que vemos en los videos; para ellos el arte es un catalizador, algo que nos mueve y nos conecta. Muchos confiesan que la idea o el concepto detrás de un objeto es a veces mucho más importante que el objeto mismo, pero en general escuchamos voces escépticas que cuestionan la naturaleza misma del arte y el rol de los expertos que establecen los parámetros de aquello que es arte y aquello que no lo es. Esta parece ser la crítica más fuerte por parte del público: la frustración ante esculturas que no significan nada para ellos pero que, a sabiendas de que pertenecen dentro de un museo, deben ser arte.

Los espectadores comparten esta relación de amor/odio hacia el museo con los artistas. Estos crean piezas que cuestionan la validez de la institución, la supuesta imparcialidad de los críticos y el veredicto de los expertos; se burlan de aquello que representa el cubo blanco… para con suerte terminar siendo reincorporados al canon cuando sus obras se vendan y pasen a formar parte de las colecciones más famosas, los panteones de las obras maestras. Con este objetivo, los artistas hacen un trabajo cada vez más referente, lleno de alusiones a obras y pensadores pasados, y aunque la apropiación no es nada nuevo cada vez es mayor el riesgo de hacer piezas para el museo.

Lo cierto es que los videos de Figgis registran las observaciones de estudiantes, oficinistas, coleccionistas, aficionados e historiadores del arte por igual, sin dar preferencia a un discurso sobre otro. Este aspecto le da un perfil de crítica institucional al proyecto, aún si el tono autoritario e inflexible del título de la muestra no parece dejar mucho espacio para el diálogo. Me gusta pensar que se trata de un genuino intento por abrir la puerta a otras narrativas en las que el curador no es un experto ni un semidios, y el museo no tiene la última palabra sobre cómo educar y cultivar a su publico para que puedan “apreciar la cultura y el arte”.